miércoles, 17 de enero de 2018

ENERO VA PASANDO

Mientras enero avanza con el ritmo lento de las vacaciones, reuní algunos bellos objetos y me puse a jugar con la cámara. Éste es el resultado...



Me cautivó esta jarra de vidrio verde, que fue de mi abuela y colocando en ella unas espigas de penisetum la transformé en protagonista de mis fotos.



Detrás, una vieja caja de saquitos de té y un frasco de café de antes. Qué lindos envases tenían los artículos de almacén cuando no existía el plástico o no estaba tan difundido.



Asoman por un costado unas tacitas blancas y azules, tan simples como bonitas, y por supuesto, de edad indefinida, lo mismo que las de la siguiente foto.


También se roba mi atención esta tacita verde con su plato...



Un poco cachada y encantadora...



Enero va pasando y yo sigo observando a mi alrededor en busca de la belleza de todos los días.

lunes, 8 de enero de 2018

SEÑALADORES PARA MACETAS

Como me voy de viaje sola por unos días, y el calor veraniego amenaza con convertir en polvo todas las plantas en maceta instaladas en mi pequeño patio, le dejé encomendada a mi marido la tarea del riego. 

Sin embargo, no todas las plantas deben ser regadas por igual e incluso, los cactus y muchas suculentas pueden aguantar perfectamente sin riego los días de mi ausencia. Entonces, ideé unas "banderitas" para señalar las plantas que deben ser regadas y un código de colores que indican la frecuencia de riego.


Para hacerlas, utilicé palitos de brochette (el señor google dice que brochette se escribe así, y yo le creo porque no tengo ni la menor idea de cómo se escribe) y cintas washi tape de distintos colores. Nada más simple.



Luego, coloqué las banderitas en las macetas y al ponerme a sacar fotos, me di cuenta de que pasan bastante desapercibidas y esa puede ser la principal dificultad de mi método: ¡que el encargado de regar no las vea!








A quienes me siguen y saben de mi "bosque" de Ginkgos biloba en la cocina  les cuento que hace un par de meses vi que los arbolitos no crecían, entonces los llevé afuera y siguió pasando lo mismo. Me di cuenta de que las macetas, si bien eran adecuadas para su tamaño visible, no lo eran para las raíces que crecen dos o tres veces más que la parte aérea. Mi suposición fue que al no poder expandirse hacia abajo, tampoco podían sacar nuevas hojas. Lo ideal hubiese sido ponerlos directamente en tierra para que crezcan a su antojo, pero como yo no tengo más jardín con tierra tuve que pensar otra solución. Eso sumado a que las macetas grandes y profundas son carísimas, hicieron trabajar el ingenio. Conclusión: compré caño de pvc de 15 cm de diámetro, dos tapas y con la ayuda de mi marido (de quien fue la idea) se convirtió en dos macetas de unos 50 cm de altura. En una planté dos de los ginkgos y en la otra el tercero. Los tres empezaron a crecer y sacar nuevas hojas, sin embargo por alguna razón desconocida hace cosa de dos semanas uno se secó. 




Ayer, cuando me despedí de mi marido, su última frase fue la siguiente pregunta: ¿Qué significaba el código celeste?

Así que veremos dentro de unos días, si la idea de las banderitas realmente funciona... 

miércoles, 3 de enero de 2018

TIEMPO DE COSECHA

Entre el último mes del año y el primero, por los pagos donde nací, que pertenece a lo que se conoce como pampa húmeda, se realiza la cosecha de trigo, aquel grano que como aprendí desde siempre es el resultado del trabajo y del esfuerzo.


Es una época en la que los campos despliegan todo su esplendor dorado y, para mí, es uno de los paisajes más hermosos que tengo grabados en la memoria del corazón desde que era niña. 



Por eso no dejo pasar la oportunidad de observarlos una vez más y, por qué no, de tratar de captarlos con la cámara, aunque como siempre me pasa (seguramente porque soy solo una persona que aprieta el botón de la cámara y nada nada más) las fotos no alcanzan a mostrar lo que yo realmente veo.



 A los campos dorados se le suman los "yuyos" de la banquina de los caminos y los enmarcan aportando una belleza aún más grande y conformando así, estas postales bien veraniegas de los lugares que conozco y que transito más a menudo.



A nivel personal, también es tiempo de cosecha. Un año se termina y otro empieza otra vez. Algunos sueños se renuevan y otros permanecen, pero se renueva la esperanza y la fe de que, quizás, este año se cumplirán. 



 A la distancia, visto desde Enero, el año que pasó se empequeñece y entonces, todo lo que costó y fue difícil vivir deja de pesar tanto porque se vuelve logro, aprendizaje y camino recorrido.



 Algunos desafíos fueron superados y otros no porque requieren más tiempo y al año nuevo, si hay algo que ahora le sobra, es tiempo. Entonces solamente hay que tomarlo y otorgárselo a uno mismo para seguir hacia adelante continuando lo que ya está empezado. Otros desafíos son nuevos, así como proyectos y oportunidades. 


Mirando los campos dorados un poco difusos y cubiertos de polvo porque los azota una importante sequía desde Noviembre, y poniendo el año que pasó en la balanza, pienso que mi cosecha es buena y abundante. 
Espío un poquito el futuro tratando de correr su cortina, pero por ahora me sumerjo en el descanso de las vacaciones y me dedico simplemente a cargar las pilas.

lunes, 18 de diciembre de 2017

EL MES MÁS LINDO DEL AÑO

Desde la última vez que escribí, el tiempo transcurrió vertiginosamente y yo quedé sumergida hasta el cuello en exámenes parciales y trabajos prácticos de final de cursada. Después de nervios, corridas a contrarreloj, muchas pero muchas horas de silla y cero acercamiento a este blog, dos materias más se suman a las tres del cuatrimestre anterior y me acercan a la meta de la licenciatura.


Entonces... con todo el año por detrás y el objetivo académico cumplido llegó el momento de disfrutar. 


En Diciembre comienzan los días para aprovechar la playa, a pesar de que este año el calor del verano parece no llegar nunca y sólo hubo un par de muestras como para que no nos olvidemos de lo que debería ser.


Diciembre es un mes de festejos, no sólo por Navidad y Año Nuevo, sino porque es el mes de mi cumpleaños y también el de mi mamá. 


Dada mi actividad estudiantil, en Diciembre para mí comienza el descanso, la época de desenchufarme, poner el cerebro en remojo y cargar las pilas. 


Diciembre es el mes de los días más largos, que se estiran hasta tarde, de aire libre y de jardines florecidos. 


Todas me parecen razones suficientes para pensar que Diciembre es, para mí... el mes más lindo del año.

domingo, 12 de noviembre de 2017

UN MUEBLE CON HISTORIA

El post de hoy no es sólo sobre un mueble vajillero antiguo reciclado porque viene con anécdota incluida, lo que hace que no sea un mueble común y corriente. 


Perteneció a la casa de mi abuela paterna, en el campo, adonde iba con mi familia los veranos de mi infancia. Durante ese tiempo era muy diferente, pintado de marrón oscuro y con vidrios trabajados en las puertitas, uno de lo cuales perdió en un incidente que quedó para el recuerdo familiar.


Yo era muy chiquita, así que me acuerdo de esta historia por la cantidad de veces que me la han contado, pero mi propio recuerdo es muy poco...


Estábamos en la casa del campo por almorzar y mi mamá me mandó desde la cocina a buscar algo en este vajillero, que estaba en el comedor. Allí se guardaban, como ahora, platos, vasos, utensilios, frascos o latas con arroz, fideos, azúcar... Todo bastante rompible.


Cabe destacar que la parte superior del mueble, antes como ahora, está apoyada sobre la parte inferior, de modo que son dos partes independientes. 


Lo que mi mamá me mandó a buscar, estaba en la parte superior. Y yo, en lugar de ir a buscar una silla para subirme porque como era chiquita no llegaba, y porque tenía la costumbre de trepar a todos lados, intenté "escalar" el mueble, supongo que apoyando una rodilla en el medio y agarrándome de arriba. 


Desde la cocina, se sintió el tremendo estruendo porque en esta operación la parte superior del mueble se vino al suelo conmigo. Literalmente, me lo tiré encima.


Imagino que el susto de mis padres habrá sido tremendo. Levantaron el mueble y me sacaron de abajo, entre vidrios, loza rota, arroz, fideos, azúcar y demás cosas que estaban guardadas allí. 


Por supuesto que salí asustadísima y llorando, pero sin el más mínimo rasguño. Bien se dice que los niños tienen su propio Ángel de la Guarda. 


Mi abuela le regaló el mueble a mí mamá, y como recuerdo de esa vez, tuvo mucho tiempo, uno de los vidrios de las puertas roto, el otro se salvó.
Finalmente, mi mamá lo recicló y actualmente, se luce en este ambiente.


Está en un lugar que visito seguido, y por supuesto que cada vez que voy a buscar un plato, un vaso o una taza... recuerdo ese día en que tuve la loca idea de treparlo y se me dibuja una sonrisa.